Escribe y Publica
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viernes, 8 de enero de 2016
martes, 26 de marzo de 2013
¿Qué tengo?
Tengo una musa que susurra en mis oídos la canción que he de escribir
No la entiendo, me habla en chino, japonés o mandarín.
Tengo una luz que me guía qué pasaje he de seguir
Me deslumbran sus destellos y ya no puedo salir.
Tengo una flor que despide el aroma que me enlela
es la rosa, mariposa, la vainilla o la canela.
Tengo dos frutos en flor que desvelan porvenir me dan jugo, dan amor, qué pensar y por qué vivir.
Soneto de una emigrante
el alma de vivir con alegría
no soy feliz de ver que alguien espía
modales diferentes en su tierra
No soy de allá, pues todo me quitaron
el aire a respirar tiene su precio
no soy de aquí, pues no nací en el lecho
que a Becquer y a Cervantes iluminaron
Mi identidad se mezcla bien adentro
con ademán altanero alzo mi frente
nadie sabe en realidad que estoy pensando
Si enriquecer mi alma en el encuentro
si quedarme impenetrable, dura e inerte
o dejar lo que ya soy e irme cambiando
Título: Al Final
y te penetro
corazón adentro
corazón adentro.
Termino la primera,
y sin pensarlo
deslizo suavemente mis dedos
hacia tu punta extrema derecha;
y te sigo penetrando
voy más hacia el centro
mis ojos arden de cansancio
y me dejas sin aliento.
Y quiero acabarte,
pero,
¡No puedo!
Y aún así sigo,
y me sumerjo, y me sumerjo
ya se me acaba el día,
y te agradezco,
¡Mi querido libro
lo que de tí estoy leyendo!
Título, Mi querido libro.
domingo, 9 de octubre de 2011
jueves, 18 de agosto de 2011
EL ABUELO Y PANCHO MENTIRA
Nunca los días de lluvia han sido motivo para que me sienta triste ni sola. Sin embargo, hoy miro la lluvia caer y siento nostalgia por mi infancia. Quizás sea porque estoy mirando a esos niños felices, disfrutando de los hilillos húmedos que se deslizan por sus cuerpos y rebotan en el fango de un color marrón intenso como chocolate espeso y caliente recién hecho. Los miro, sonrío y al recordar va desapareciendo mi nostalgia. En días como estos solo mi abuelo paterno nos apoyaba a que nos bañásemos bajo la lluvia de Agosto. Solo él se olvidaba del asma de mi hermana, de los resfríos de mi primo, de mi alergia o de todos los males que para los demás adultos de mi familia significaba un baño bajo la lluvia. El amor de mi abuelo por lo natural, lo terrenal, lo campestre, no tenía fronteras.
Mi abuelo era un hombre alto y fuerte. Su piel, tostada por el sol, tenía un bronceado de titanes de la mitología griega. No tuvo muchos estudios, pues en el campo, cuando él era niño, se llegaba solo al sexto grado. Su madre nunca lo quiso enviar al pueblo, donde vivía su hermana mayor a que estudiara la secundaria. Pero tenía una sabiduría envidiable, para nosotros era nuestra enciclopedia oral. Su carácter fuerte hacía una rima perfecta con la luz de su conocimiento. Era un ávido lector. Devoraba libros como si no hubiese otra forma de entretenimiento en el mundo.
También, tenía la cultura de la tierra, la sabiduría que llega con los años, con la experiencia; tenía la inteligencia que da la observación y el escuchar atentamente a los demás. Recuerdo que con él, cada conversación era escuchada hasta la última palabra, hasta el punto invisible que la sellaba. Cuando hablabas con él, todo lo que decías parecía importante. Eso lo aprendí de él: escuchar.
Su vida fuera de los libros era la de un agricultor por excelencia y vocación. Por las mañanas cultivaba su vega de tabaco, para él eso era vital. El resto de la finca era atendida por campesinos que trabajaban con él, pero su vega, solo conocía el sudor que caía de su frente, debajo del sombrero. Examinaba las hojas del tabaco para saber el momento exacto de cortarla. Decía que una hoja cortada fuera de su madurez ideal, le daba un sabor a palo seco al tabaco; él siempre buscaba el punto ideal, su punto ideal de secado de la planta para que sus tabacos tuvieran un sabor dulce. Cuando se le preguntaba, lo comparaba con el mango. Un mango verde suele ser ácido o amargo, solía decir, igual le pasa a la hoja verde del tabaco; un mango maduro es néctar para los sentidos, igual le pasa a la hoja madura del tabaco.
Cuando salía de la vega, revisaba cómo marchaba el resto del trabajo. Después de la faena en la finca y en la vega, venía el almuerzo. Era todo un ritual. El hecho de vivir en el campo, no significaba para él que se debía comer como animales, todo lo contrario, cada cosa iba en su fuente de porcelana. Para él, solo existía un plato, un vaso, un juego de cubiertos de plata, grabados con su nombre y un lugar en la mesa. Nadie más usaba esas cosas que eran tan suyas como el amor que todos sus nietos le teníamos.
Luego del almuerzo se acostaba a descansar su siestecita, como él le llamaba. A esa hora ni las moscas se sentían. Todos en la familia respetaban el descanso del abuelo. Si se le llamaba era porque había realmente una poderosa emergencia. No dormía por mucho tiempo, pero para él la siesta era la reconciliación entre el cuerpo y el alma. El balance entre el trabajo duro del campo en la mañana y el trabajo artesanal más suave de su taller de tabaco en las tardes. A él le encantaba torcer sus tabacos, y los que regalaba como cortesía a sus amigos.
Al finalizar la tarde se sentaba en el portal de la casa, recostado en su taburete de cuero de chivo. Primero leía el periódico, y luego sus libros y novelas. Ya saben que leer era su hobby favorito. De él aprendimos mi hermano y yo, que cada libro es un mundo por descubrir. El vivía las fantasías de Alicia en el país de las maravillas, o las Aventuras de Tom Sawyer, los misterios de Agatha Christie, y muchos otros más. Pero en la vida real no le gustaban las mentiras, ni los cuentos que sirvieran de engaño; con él había que hablar claro.
Su rectitud le hizo ganar el respeto de todos los que le conocían y su forma imponente y penetrante de hablar, hacía que el más desinteresado lo escuchara. Siempre tenía una historia a flor de labios. Nosotros nos quedábamos como tontos escuchando sus historias. Nunca faltó quien quisiera hacerle competencia en esto de hacer anécdotas, pero que yo recuerde, en mi presencia, nunca nadie pudo opacar su brillantez para contarlas.
Recuerdo un señor bajito, cuyo nombre verdadero no recuerdo, pero sí que le decían “el Guajiro”, por su acento remarcado de la gente que vive en el campo del oriente de Cuba. A sus espaldas, todos le decían Pancho Mentira porque siempre contaba que le sucedían las cosas más extrañas e increíbles de este mundo. Cosas que ni yo, con mis escasos seis años, le creía. Hoy que lo pienso, reconozco que no por ser inciertas dejaban de ser cómicas. También reconozco, que en el fondo, todos adorábamos las cuentiras que tanto nos hacían reír.
A diferencia de mi abuelo, quien nos desbordaba con su conocimiento y sabiduría, las historias de Pancho Mentira, eran tan absurdas que parecían sacadas de la ciencia ficción. Creo que él quería que la gente lo escuchara tanto como a mi abuelo. Solo que cuando él hablaba, casi todos los mayores se iban y solo nosotros, los niños, nos quedábamos a escuchar sus incontables e inimaginables fantasías.
Una tarde de agosto la lluvia comenzó más temprano que de costumbre y sorprendió a Pancho Mentira en el camino de regreso a su casa. Mis abuelos dormían la siesta y nosotros con mucho silencio y casi susurrando jugábamos cartas un grupo o dominó otro, pero cuando sentimos a Pancho Mentira apearse de su caballo, corrimos al portón para escuchar la última cosa que le había sucedido. No recuerdo con claridad su primera anécdota, ni la segunda, solo sé que detrás de cada una todos reíamos a carcajadas, esto despertó a mi abuelo quien se sentó junto a nosotros sin protestar ni regañarnos por haberlo despertado. Todos nos quedamos callados por un momento, pero él solo miró a todos lados y cruzó las piernas en forma de cuatro como era su costumbre, quedándose a escuchar al igual que nosotros.
Pancho Mentira inició su tercera historia y esa sí que no la he olvidado nunca, esta vez, se dirigió a mi abuelo, quien con su tabaco entre los labios, lo miraba fijamente, como si estuviera escudriñando cada una de sus palabras. Mejor les cuento la historia y lo que siguió después.
El Guajiro se recostó de su taburete, respiró profundamente y comenzó a narrar lo que sigue con su peculiar forma de hablar.
-Fíjese Guirola-, así llamaban al abuelo, -uté seguro se acuerda de Roselinda, mi mula colorá´. Uté sabe que esa mula e´ como de la familia, pues se me perdió los otro día, bueno le digo, día no, meses. Yo la buqué por eso montes y no la encontré. Anduve bucando mi mula como una semana, día y noche, sin dormir ni un solo ratico hasta que mi vieja me dijo que era mejor que dejara esa búqueda que de seguro había encontrado otro dueño. Así lo hice, pero hace como una semana ando caminando por la orilla del río y veo una calabaza gigante que medía casi medio metro y yo me dije, voy a ver de qué mata salen e´tos frutos y me dirigí río arriba; como a treinta metros, veo el tronco de la madre, pero me doy cuenta de que no e´taba pegada al suelo sino que e´taba como encaramada encima de algo y empiezo a cortar gajo por aquí, gajo por allá y como a la media hora de ´tar cortando gajo veo a Roselinda debajo de todo ese follaje, y ¿sabe u´té de dónde salía la mata de calabaza? Pues na´ má y na´ menos que de una matadurita que tenía mi pobre mula en el lomo cuando se perdió. Uté a lo mejor no me cree, pero así mimitico fue, como se lo e´toy contando.
Todos nosotros aguantamos la risa al ver el rostro del abuelo. Permanecía serio. Masticó su tabaco por unos instantes y sin pensarlo dos veces dijo:
-Claro que le creo, es más, ahora me explico lo que me pasó también cerca de ese río la semana pasada. La gente siempre dice que ese río tiene sus historias, pero uno siempre de incrédulo no pone oídos a esas cosas. Sin embargo, ahora que estoy escuchando eso que le pasó a usted que es una persona tan seria, es que entiendo lo que me pasó a mí.
Enseguida cruzamos miradas de asombro pues sabíamos en honor a la verdad que mi abuelo nunca creía las historias de Pancho Mentira, pero nos quedamos bien atentos con un silencio sepulcral, para escuchar lo que el abuelo se traía entre manos. La cara de Pancho era totalmente de felicidad. Para él, le había tomado el pelo al abuelo, así que mientras esperábamos con impaciencia lo que el abuelo nos iba a decir, él se atrevió a preguntar:
-Y qué le pasó en el río, cuénteno’.
Ya la lluvia había cesado y el cielo se estaba aclarando. Mi abuelo no dejó pasar la ocasión por alto y como quien no había sido interrogado dijo:
-No hay nada como el olor a tierra mojada por la lluvia, ahora el río debe andar feliz porque seguro recogió agua.
Masticó nuevamente su tabaco, nos miró a todos con cara de triunfo y desde entonces supe que ya había pensado en la forma de decirle a Pancho que era un mentiroso. Entonces comenzó:
-Pues como le decía, ese río tiene su historia; a mí me pasó algo tan increíble como lo que le acaba de pasar a usted, es más, hasta se relaciona con su historia, pero a mí me ha dado pena contárselo a la gente, no vayan a creer que yo soy un mentiroso. Ahora bien, siendo usted la clase de persona que es, creo que nadie mejor que usted va a entender lo que pasó.
Antes de seguir, el abuelo nos guiñó un ojo y dirigiéndose a nosotros dijo:
-Escuchen bien muchachos para que lo cuenten por ahí.
Se volteó esta vez a Pancho:
-¿Usted se acuerda de Pancha la cerda o macha paridora que yo tenía en el corral?
-¿La que le robaron hace como do´ meses?
-Sí, esa misma. Pues yo en un descuido dejé la puerta del corral abierta y ella que nunca había conocido la libertad, al verlo así aprovechó la oportunidad.
-Y fue cuando se la robaron.
-Bueno, eso es lo que todo el mundo cree hasta el sol de hoy, pero escuche hombre, no me interrumpa, no sea tan desesperado, precisamente ese es el secreto que quiero compartir, no me había atrevido a contarlo, para que no me llamaran mentiroso. Todos en la casa salimos a buscar a Pancha, y nada, no apareció, ya la había dado completamente por perdida. La vieja y yo estábamos muy tristes, no es fácil perder un animal tan valioso como ese. Imagínese que cuando menos paría eran diez cochinitos, y solo en una ocasión se le murieron dos, porque era tan buena que los gozaba a todos; pues bien, cuando ella se perdió, ya se había recuperado de su último parto, yo le calculaba unas tres latas de manteca.
Mi abuelo volvió a fumar su tabaco con un alón bien profundo que encendió con un rojo incandescente la punta de su tabaco, luego siguió:
-Un día iba caminando por la orilla del río, como es mi costumbre cuando quiero meditar, y veo una mancha blanca como nata de leche que viene bajando a toda velocidad río abajo, y luego otra y otra y otra y cada vez se hacía más grande y se iba tornando en forma de un hilillo como de dos dedos de ancho que se deslizaba en medio de la corriente y se hacía cada vez más grueso. Al igual que a usted, eso llamó mi atención y decidí averiguar de dónde salía aquello, así que seguí por la orilla del río arriba muy atento. El hilillo se hacía cada vez más ancho, casi como la mitad del ancho del río; pero mi curiosidad era tanta que me metí en el agua para tocar aquella cosa. ¡Tremenda sorpresa me llevé! Lo toqué y comprobé que no era leche, ¡sino, era manteca!
-Salí a toda carrera del río y seguí subiendo por toda la orilla. No muy lejos de allí encontré, en medio de una piedra, como si estuviera tomando un baño de sol, a mi macha, Pancha, que se estaba derritiendo de tanto calor y era su grasa la que corría por la corriente de río, solo que estaba más gorda que cuando se perdió, gracias a la calabaza que parece se había comido, a juzgar por las enormes cáscaras que había alrededor de ella y que salían de la planta que estaba sembrada en el lomo de Roselinda, tu mula. ¿Qué le parece? Increíble, ¿verdad?
Cuando mi abuelo terminó la historia, todos nos volteamos a ver la cara del Güajiro, estaba roja como un tomate. El viejo se paró indignado y le dijo a mi abuelo:
-Oiga Guirola, uté ta´muy viejo pa´que se ande con esas mentirillas, mire que le voy a creer que una macha se derrite así no´má´.
En eso mi abuelo se paró del taburete con no menos indignación y le dijo:
-Y usted, debiera respetarme las canas que tengo en la cabeza y las suyas que son tantas como las mías y dejar de pensar que uno es vaina, para tragarse sus guayabas que ni mis nietos le creen. Vaya al carajo a hacer pasar por tonto a algún guanajo que no tenga nada que hacer; y cuando venga con otro cuento, mire primero sus canas.
Pancho Mentira salió de allí como perro con miedo, con el rabo entre las piernas, nosotros nos reímos muchísimo después que él se fue, y mi abuelo junto con nosotros. Antes de pararse e irse nos dijo:
- Al mentiroso nadie lo quiere, las mentiras solo le complican la vida a uno. Hay un dicho que dice ´más fácil se coge a un mentiroso que a un cojo´. Miren al Güajiro, le di a probar de su medicina y ya ven lo amarga que le supo. Miren a ver a ustedes qué remedio le dan por ahí, pues hay muchos que son dulces.
Se paró todavía riéndose con su tabaco en la boca. Yo en aquel momento no supe con exactitud lo que quiso decir mi abuelo aunque una cosa sí tenía clara: una mentira le había complicado la tarde al Güajiro.
Sumergida en mis pensamientos no me había percatado que la lluvia había cesado. Mi abuelo tenía razón, no hay nada como el olor a tierra mojada por la lluvia, seguro que los ríos de Nicaragua han de andar felices como los de mi Cuba cuando yo era niña.
domingo, 10 de octubre de 2010
Chistes Largos
antes de hacer un viaje a Roma.
Le mencionó el viaje al peluquero, el cual le dijo:
- ¿A Roma… por qué alguien querría ir a Roma?...Siempre está
lleno de italianos que apestan. Estás loco si vas a Roma… ¿Y en
qué te vas a ir?
- Voy con Alitalia , - respondió el tipo. - Aprovechamos una
gran oferta
- ¿Con Alitalia? - exclamó el peluquero. - ¡Esa mierda de
aerolínea!... Sus aviones son viejos, sus azafatas feas y
siempre llegan tarde. ¿Y dónde te vas a quedar en Roma?
- Vamos a estar en el Hotel International Marriot.
- ¿Esa mierda de hotel? Todo el mundo sabe que es el peor
hotel de la ciudad... Las habitaciones son pequeñas, el
servicio es malo, ¡y encima son careros!... ¿Y qué vas a hacer
cuando estés por allí?
- Voy a ir al Vaticano y espero ver al Papa.
- ¡Esta sí que es buena!, - se rió burlonamente el peluquero
- Tú y un millón de personas más tratando de verlo. ¡Lo vas va
a ver del tamaño de una hormiga!... Pero de todas maneras, te
deseo mucha suerte en tu viaje. La vas a necesitar.
Pasó un mes y el tipo volvió por su corte de pelo regular.
El peluquero le preguntó acerca de su viaje a Roma.
- Fue maravilloso - explico el tipo – No solamente llegamos a
tiempo en uno de los aviones nuevos de Alitalia sino que, como
había 'overbooking', nos pasaron a primera clase. La comida y
el vino fueron deliciosos y tuvimos una azafata preciosa que
nos atendió como dioses. Y el hotel, fue fantástico.. Acababan
de hacer una remodelación de 25 millones de dólares y ahora es
el mejor hotel de Europa. Allí también había 'overbooking', de
manera que se disculparon alojándonos en la suite presidencial…
¡sin cargos extras!
- Bueno - exclamó sin mucho entusiasmo el peluquero - pero
supongo que no pudiste ver al Papa.
- La verdad es que fuimos muy afortunados porque, mientras
paseaba por el Vaticano, un guardia suizo me dio unos
golpecitos en el hombro y me explicó que al Papa le gusta
conocer personalmente a algunos visitantes. Me invitó
cordialmente a seguirlo para llevarse a las habitaciones
privadas del Santo Padre, donde en persona nos recibiría. Cinco
minutos más tarde, el Papa entró por la puerta y estrechó mi
mano... ¡Incluso me dirigió algunas palabras!
- ¿De verdad? - dijo el peluquero conmovido.
- ¿Y qué te dijo?
Me dijo:
- "Hijo mío...¿dónde mierda te has cortado el pelo?"
**************************************************
Una respetable dama entró a la farmacia, se dirigió al boticario, lo miró
a los ojos y le dijo: -Quisiera un poco de cianuro, por favor.
El boticario preguntó: -¿Para qué demonios necesita usted cianuro?
La dama contestó: -Lo necesito para envenenar a mi marido...
El boticario peló los ojos y exclamó: -¡Por Dios santo! No puedo
venderle cianuro para envenenar a su marido, eso es contra la ley... Me
quitarían mi cédula y nos meterían a ambos a la cárcel!! Absolutamente
NO! No voy a venderle cianuro!!
La señora entonces abrió su bolsa y sacó de ella una foto de su marido
con la esposa del boticario en la alcoba.
El boticario miró la foto y respondió: ¡Ahhhhhhhh, bueno...con esa
receta sí!!!
jueves, 8 de julio de 2010
The meaning of the word sincere
martes, 2 de junio de 2009
El mejor de mis poemas
y no puedo,
es que lo soy.
Hurgo en la tierra de nuestro rosal
y busco que cada rosa tenga una textura y un aroma diferente,
casi lo logro, casi lo logro.
Pero trato de escribirte el mejor de mis poemas,
ese que me pediste en este día especial, y,
mis manos tiemblan al escribir el dictamen
de la masa blanda ensortijada y gris,
se que no voy a lograrlo.
Solo los sabios escriben cosas sabias en el momento preciso
y mi único indicio de sabiduría ha sido mirarte, hablarte, desearte y amarte,
convertirte en la razón para querer ser original,
para sembrar la mejor rosa,
para pretender escribir el mejor de mis poemas,
para abandonar el terruño que treinta y cinco años atrás,
abrió un pedazo cálido para que tus ojos
vieran la luz por primera vez.
No me arrepiento de haberte seguido,
ignorando las palabras de Doña Prudencia y escuchando solo
lo que Doña Pasión me decía.
Hoy, cuando casi somos dos en uno,
cuando por mi cuerpo fluye tu sangre
y en mi vientre late una nueva vida:
!Bendigo el pedazo que te dio vida
y las vidas que te hicieron especial!
Especialmente adorable como para que una mortal
pretenda ser original,
quiera plantar la mejor de las rosas
y sin ser sabia,
se inspire en tu amor
para escribir el mejor de los poemas.
Puerto Cabezas, 17 de Octubre de 1997